Me siento atrapada en mi relación

Actualizado: 15 may

Resulta irónico como la misma relación de la que queremos salir, a veces nos atrapa; como si los mismos mecanismos cerebrales que están pensados para procurar nuestra supervivencia (emocional), jugasen a veces en nuestra contra.


En consulta acompañamos a personas que se encuentran en relaciones de pareja que no les aportan bienestar, sino más bien todo lo contrario. De acuerdo: nuestra pareja no debe hacernos felices, pero sí debe contribuir a esa felicidad o, cuanto menos, no debe suponer un obstáculo para la misma, no debe mermar nuestro bienestar.


Y esto sucede cuando nuestra pareja exhibe conductas poco sanas que encorsetan nuestra individualidad, o bien cuando se ignora o invisibiliza nuestras necesidades emocionales, o cuando se llevan a cabo conductas que constituyen una falta de respeto (en un amplio sentido de la palabra) para nuestra persona.


Pero, sobre todo, sucede cuando nos empeñamos en hacer que la relación funcione, cuando para que eso sea posible debemos poner tanto de nuestra parte que acabamos haciendo renuncias sistemáticas y «perdiéndonos» a nosotros/as mismos/as.


Que no movamos ficha y no salgamos de la relación, puede resumirse en una palabra: miedo.


El miedo es una emoción que tiene como objetivo protegernos: nos hace conscientes de los peligros para que pongamos en marcha estrategias para asegurar nuestra supervivencia. Que el miedo nos acompañe hoy en día, en esta versión tan evolucionada del hombre de las cavernas que somos, no es casualidad: el miedo funciona, el miedo nos protege; de eso no hay duda.


Esta supervivencia tenía (y sigue teniendo) un sentido literal, en términos de integridad física. Pero a medida que nuestro cerebro evolucionó hasta convertirse en la compleja estructura que es a fecha de hoy, el miedo ha ido adquiriendo otras connotaciones: las de carácter más abstracto; protegiéndonos, así, de otro tipo de peligros, los de naturaleza emocional, aquellos que suponen una amenaza para nuestro bienestar mental.


Y es que el miedo actualmente también nos avisa de aquellas situaciones en las que nuestra supervivencia, esta vez, emocional, puede estar en peligro. Por eso es conveniente escucharlo.


Sin embargo, hay excepciones. Diría que el miedo no discrimina. Como resultado, esos mecanismos que están pensados para protegernos puede que no solamente no cumplan con su objetivo, sino que contribuyan a todo lo contrario: puede que sean los mismos que nos llevan a quedarnos ahí donde nuestro bienestar se ve perjudicado.


En consulta vemos a personas que no pueden salir de su relación, a pesar del malestar que experimentan quedándose en ella, porque se sienten enganchadas a su pareja. Ese enganche llamado apego contribuye a entender todo lo anterior. Y es que miedo y apego van de la mano (en términos neurofisiológicos); y el apego (inseguro) se encuentra en el origen de la codependencia (la dependencia emocional no sana).


La codependencia se alimenta de nuestros miedos, y nos lleva a olvidarnos de nosotros/as mismos/as si eso significa poder conservar el vínculo que es, justamente, el precio que creemos que debemos pagar para que esos miedos no se materialicen. Y así, sin darnos cuenta, la relación nos acaba atrapando.



1126 visualizaciones0 comentarios