¿Todavía podemos salvar lo nuestro?

Muchas de las personas a quienes acompañamos en consulta se encuentran en el punto de no poder más, de estar agotadas, de sentir que han llegado al límite y que tienen que hacer algo para cambiar su situación; y ese «algo» a menudo significa tomar la dolorosa y difícil situación de poner fin a la relación.

Hay situaciones insalvables: situaciones de abuso, por supuesto; situaciones en las que el diálogo es literalmente im·po·si·ble; situaciones en las que, para que la relación «funcione», tenemos que hacer renuncias que nos pesan demasiado; situaciones en las que se han roto los pactos de pareja y creemos que ésta no puede «sobrevivir» a tal traición; o, simplemente, situaciones en las que la incompatibilidad respecto a cómo nos vinculamos, a lo que ofrecemos a nuestra pareja y lo que necesitamos recibir de ella supone diferencias irreconciliables, por lo que quedarnos en la relación supondría pagar un altísimo precio.

Pero hay situaciones en las que lo anterior no se da, o bien no resulta tan obvio; situaciones en las que aquello que nos lleva a sentir que quizás debemos poner fin a la relación no sea un motivo de esos que consideramos «de peso»; situaciones que nos dejan en la delicada tesitura de preguntarnos:

«¿Sigo adelante?, ¿le doy otra oportunidad?, ¿sigo luchando por la relación?, ¿todavía podemos salvarla?»

Y es que es posible que sí podamos «salvarla», por supuesto que sí; esto es justamente uno de los motivos por los cuales nos contactan parejas que desean iniciar un proceso con el objetivo de que les ayudemos a gestionar mejor los conflictos, a que las dinámicas de pareja sean más sanas, a que la comunicación sea fácil y fluida, a que los/as integrantes de la pareja se sientan vistos/as, escuchados/as, tenidos/as en cuenta; y a asegurar que las necesidades de ambos/as se vean satisfechas en la relación.

Pero para que suceda lo anterior - ya sea en un proceso de acompañamiento terapéutico o por cuenta propia -, cada uno de los miembros de la pareja debe ofrecer apertura al diálogo, flexibilidad, tolerancia, empatía, comunicación asertiva, autoconciencia, sensibilidad para con las necesidades propias y de la pareja, autocrítica, motivación genuina para el cambio que debe acompañar - conditio sine qua non - la mejora y sentido de la responsabilidad afectiva propia.

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