Poner fin a una no-relación no es tan fácil: «Lo dejo cuando quiera»

Mireia (nombre ficticio) quiere una relación con compromiso, alguien con quien compartir un futuro, una compañera de vida.


Hace 7 meses conoció a Elisa. Conectaron muy bien y sacaban lo mejor la una de la otra. Todo sería genial y estupendo si no fuese por un «pero». ¡Y qué «pero»! Elisa no quería una relación. No una con compromiso ni planes de futuro.


«Seguí quedando con Elisa. Es verdad que me desilusionó que ella no quisiera nada serio; pero tampoco me veía poniendo fin a "lo nuestro". No puede ofrecerme lo que quiero, pero podemos seguir quedando así, de forma "informal", por llamarlo de algún modo, hasta que conozca a alguien que sí pueda proporcionármelo, ¿no?».


La decisión es suya, al 10000%. De eso no hay duda. Pero mi tarea como psicóloga es acompañarla a tomar la decisión más acorde con sus necesidades, aquella que potencie su bienestar o, al menos, que no lo perjudique. Mi respuesta fue en forma de pregunta a modo de devolución:


«Dímelo tú, ¿puedes? ¿Qué dice tu bienestar?, ¿podéis seguir quedando como hasta ahora?»


A priori, parecía buena idea, ¿no? ¿Qué hay de malo en seguir quedando hasta que llegara la persona con quien tener una relación «más seria»?


En realidad no hay nada de malo siempre y cuando nos escuchemos —hablo de escucharnos de verdad, de hacernos las preguntas adecuadas y de atrevernos a responderlas en un ejercicio de honestidad para con nosotrxs mismxs—.


Eso mismo es lo que Mireia venía a hacer a consulta. De hecho, si fuese tan "buena" idea seguir en esta situación, su situación no sería el motivo de consulta.


«Lo dejo cuando quiera», se decía Elisa.


Sin embargo, los pensamientos que emergían cuando se permitía ser honesta consigo misma eran distintos: llevaba así unos cuantos meses; como si de hacer deporte o de retomar el inglés se tratara, siempre se acababa diciendo «una cita más». Jamás llegaba el momento, sin embargo, lo que ella se decía era «lo dejo cuando quiera».


Lo cierto es que no podemos controlar nuestros sentimientos. Incluso si alguien no puede ofrecernos lo que necesitamos de una relación, nuestros sentimientos pueden aflorar. Eso sí: podemos decidir qué hacemos con lo que sentimos y qué camino tomamos.




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