• Montse

Quiero que la situación cambie, pero no estoy dispuesta a cambiar nada

Actualizado: 4 abr

Lenka acude a consulta porque quiere que "la cosa cambie".


La escucho.


Quiere que las dinámicas en su casa cambien. No quiere seguir cargando con las tareas domésticas y el cuidado de sus tres hijos sola.


En mi cabeza me imagino a Lenka tirando del carro, llevando la batuta en casa y de las atenciones que sus hijos y su marido puedan necesitas; pero también me imagino a Ibrahim haciendo cosas, aunque no suficientes o sin poner el esfuerzo suficiente a los ojos de Lenka. Le pido que me ponga ejemplos. Es posible que su visión esté sesgada por todo el agotamiento que arrastra, así que necesito ejemplos en los que agarrarme. Mi hipótesis se confirma.


En la breve conversación que tuve con Lenka antes de agendar sesión, le adelanté que era importante que su marido asistiera a terapia. Lenka me dijo que lo intentaría pero que no creía que fuera a conseguirlo.


Mi primera aproximación fue ofrecerle mi ayuda para hablar con Ibrahim y explicarle la necesidad de que se personasen los dos en consulta. Ahora su respuesta fue tajante: "mi marido no cree en los psicólogos". Más allá de que la Psicología es una ciencia, pensé que era respetable. Aunque, debo confesar, que dentro de mí tenía ciertas reservas por mi experiencia respecto al cambio de conductas y el éxito de la terapia con las parejas de quienes "no creen en los psicólogos".


Hice hincapié en la dificultad que suponía acompañarles a hacer cambios si no tenía a ambos miembros de la pareja delante, negociando, llegando a acuerdos y comprometiéndose a llevar a cabo ciertos cambios.

Ella insistió en que quería estrategias y técnicas para poder cambiar su situación, porque ya no la aguantaba más.

"Okay. Vamos a intentar ofrecerle herramientas que la ayuden a sentirse menos agotada en relación a el peso que lleva en casa y con su família." Así que nos pusimos manos a la obra.


Primero quise saber más sobre su relación. Supe que la actitud de Ibrahim no era algo nuevo, sino que, siempre había sido así de "pasota", que nunca había demostrado interés, ni había asumido ciertas responsabilidad (sobre todo las relacionadas con la familia y la casa).


Indagué al respecto. Habían intentado llegar a pactos (¡bien!): Ibrahim debía ocuparse de la colada. Sin embargo, eso muy raramente sucedía y era Lenka quien acababa haciéndolo porque "mi marido y mis hijos tenían que tener los uniformes limpios".


Así que Lenka accedía (o se resignaba) a hacer la colada, pero le pedía a su marido que, "al menos, destendiera la ropa." Él, a regañadientes, le decía que vale, que lo haría. Pero parece que a él "ya le estaba bien tener el tendedero en medio del comedor durante una semana", en palabras de Lenka.


"¿Tú crees que es normal?", me preguntaba indignada.


Normal no sé. No me corresponde a mí juzgarlo. Lo que veía es que su marido no respetaba los acuerdos y que eso a ella le hacía sentir poco tenida en cuenta y comprensiblemente agotada.


Seguí indagando, esta vez sobre la reacción de Lenka. ¿Adivináis? Lenka no solamente acababa haciendo la colada, sino que, además, siempre acababa recogiendo la ropa. Mi respuesta fue clara: "¿Qué mensaje le mandas a tu marido asumiendo las tareas que, según vuestros pactos, le corresponden?


"Que si Ibrahim no recoge la ropa, no pasa nada porque, si espera lo suficiente, lo acabaré haciendo yo."


Y la ropa tendida es solamente un ejemplo de los muchos que Lenka expuso.


Le propuse que no recogiera la ropa. Que, si habían acordado que su marido se encargaba de la ropa, debía ser responsable de principio a fin.


"¿Quieres decir que tengo que aguantar tener la ropa en el comedor durante días y días?", me preguntó sorprendida, esperando de mí otro tipo de estrategia.


"Sí, así es."


Me dijo que de ninguna manera podía hacer eso. Que había ropa suya y de sus hijos, ¡y el uniforme de su marido, que tenía que tenerlo limpio!. Le comenté que si no estaba dispuesta a ello, al menos no le hiciera la colada a su marido.


Me respondió ofendida que cómo iba a hacer eso. Le expliqué de nuevo la lógica detrás de mi sugerencia: "Si tú acabas haciéndolo, lo que consigues no es que tu marido aprenda que debe hacerlo, sino que aprende a que si espera suficiente tiempo, lo harás tú".


A Lenka no le gustaban mis sugerencias. Le suponían un traspiés a la organización de su casa. La confronté con la posibilidad de seguir con la situación como hasta ahora. Ninguna de las opciones parecía gustarle.


¿Podéis imaginar cómo acabó la sesión?


Lenka fue muy honesta y me dijo que esperaba otro tipo de soluciones. Todavía no sé cuáles, sobre todo haciendo un trabajo unilateral.


Mi mensaje de cierre fue el siguiente:


"Si las estrategias que has aplicado hasta ahora no han dado resultado y tu marido parece no estar dispuesto a hacer cambios en su actitud, te quedan pocas opciones:


1. Continúas como hasta ahora, asumiendo el coste en cuanto al agotamiento y el ejemplo que dais a vuestros hijos.

2. Le das una oportunidad a estrategias menos cómodas como las que te propongo, tratando de hacer cambios por tu parte que movilicen cambios por parte de tu marido como respuesta a los primeros.

3. Pones fin a la relación."


No volví a saber más de Lenka.





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