Tu niño interior puede estar herido a pesar de haber tenido una infancia feliz

Pensar que nuestra niña/o interior está herida/o y creer que hemos tenido una infancia feliz nos genera cierta contradicción interna. «¿Cómo es posible?», nos preguntamos.


A mí, personalmente, me recuerda a eso que experimentamos cuando sentimos que lo tenemos todo pero que, contra todo pronóstico, no somos felices (o no tanto como creemos que deberíamos serlo, aunque ese es otro tema...).


Lo cierto es que diría que la realidad emocional es algo más compleja de lo que pensamos. Y esto puede significar que tengamos todos los ingredientes para sentirnos como creemos que deberíamos sentirnos, y que no sea así.


Aunque nos cueste creerlo, una «infancia feliz» no es necesariamente garantía de bienestar emocional si esa «infancia feliz» no incluye una serie de requisitos. Y esto puede suceder incluso si las necesidades que consideramos «básicas» están atendidas.


Entonces, ¿qué se necesita para que esto suceda?, podemos preguntarnos. Que nuestras necesidades - atención- emocionales sean:


identificadas

vistas

aceptadas

valoradas

atendidas


Y que esto suceda de forma consistente, a través del tiempo y de las situaciones, independientemente del estado de ánimo de nuestros pa/madres. Todo un reto, si lo pienso yo, como adulta que algún día será mamá.


Y, como podemos ver, lo anterior tiene mucho que ver con la capacidad de nuestras/os pa/madres de identificar nuestras necesidades, de ser sensibles a ellas, de aceptarlas, de otorgarles la importancia que merecen y de atenderlas.


Atención: Este post no trata de situaciones de maltrato en las que, sin atisbo de duda, nuestro/a niño/a interior está herida. Este post tampoco pretende demonizar la conducta de nuestros pa/madres, sino validar aquello que vivimos; pues es a partir de la validación que podemos empezar a sanar.


Es por ello que este post habla de pa/madres bien intencionados que no supieron ser sensibles a nuestras necesidades y que, como consecuencia, no supieron proporcionarnos lo que necesitábamos.


Y es precisamente este punto a partir del cual estas dos realidades pueden coexistir: que hayamos tenido una infancia feliz y que, a la vez, experimentemos heridas emocionales.


Y es este el punto en el que podemos hacer un ejercicio de empatía y compasión, tratando de entender que nuestros/as pa/madres pudieron no tener la mejor educación emocional y, por lo tanto, les faltaban herramientas. Incluso puede que pasaran por un momento en baja forma y no estuvieran emocionalmente disponibles (p.e. que sufrieran depresión, grandes dosis de ansiedad, una enfermedad... ) aunque lo hicieran de la mejor forma que supieron. O que sus obligaciones laborales limitasen sus recursos mentales y eso tuviera efectos en nuestras necesidades emocionales. Puede que pasasen por un momento financiero delicado y que proporcionarnos un sustento fuese el centro de toda su atención. O que no nos hayan proporcionado aquello que necesitábamos como reflejo de sus propias creencias acerca de la educación, en un intento de hacernos adultos/as fuertes e independientes.

Sea como fuere, debemos escucharnos, explorar qué sentimos al respecto, estar abiertos/as a la posibilidad de que nuestra infancia no fuese tan feliz como creíamos con la única finalidad de validar aquello que necesitamos y que no nos supieron proporcionar, para poder hacerlo nosotros/as, en la edad adulta.

Si no sabes cómo hacerlo, si tu situación te abruma, consulta a un/a psicólogo/a especialista en estos aspectos.




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