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  • Foto del escritorMontse

Tu niña interior puede estar herida a pesar de haber tenido una infancia feliz

Actualizado: 21 nov 2023

Pensar que nuestra niña interior (o niño interior) está herida y creer que hemos tenido una infancia feliz nos genera cierta contradicción interna. «¿Cómo es posible?», nos preguntamos.


A mí, personalmente, me recuerda a eso que experimentamos cuando sentimos que lo tenemos todo pero que, contra todo pronóstico, no somos felices (o no tanto como creemos que deberíamos serlo, aunque este es otro tema...).


Lo cierto es que, como siempre digo, la realidad emocional es más compleja de lo que pensamos. Y esto puede significar que tengamos todos los ingredientes para sentirnos como creemos que deberíamos sentirnos, y que no sea así. Porque siempre hay otras variables que no son visibles a nuestros ojos, variables que van más allá de la lógica, que pasan desapercibidas o que operan en el inconsciente.


Aunque nos cueste creerlo, una «infancia feliz» no es necesariamente garantía de bienestar emocional si esa «infancia feliz» no incluye una serie de requisitos. Y esto puede suceder incluso si las necesidades que consideramos «básicas» están atendidas.


¿Por qué? Porque no siempre hemos puesto la mirada en los requisitos que debían ser satisfechos para que las necesidades de carácter emocional fuesen atendidas lo suficiente: en suficiente medida, con suficiente sensibilidad y en suficientes ocasiones.


Y es que lo que creemos que necesitábamos para ser felices y lo que en realidad necesitábamos puede ser muy distinto. Y no es casualidad, teniendo en cuenta que las creencias instauradas en la sociedad respecto a lo que los niños necesitan, especialmente hace unas décadas, distaba mucho de la realidad... Recordemos el: «deja que llore, así será más fuerte e independiente».


Cuando hablábamos de tenerlo todo, quizá nos referíamos a una familia con un padre y una madre, con un techo bajo el que dormir, comida en la mesa y algún que otro juguete. Pero, ¿y qué sucedía con nuestras necesidades de carácter emocional?


Si nuestros pa/madres no eran conscientes de su existencia, es lógico pensar que no se vieran satisfechas pues no eran sensibles a ellas. No siempre. O no de la forma que necesitábamos. Al fin y al cabo, estar en sintonía siempre que estamos compartiendo espacio con nuestro hijo/a es muy difícil, ¿no?


Volviendo a las necesidades, podemos preguntarnos: entonces, ¿qué necesitábamos?

Sentirnos vistas, aceptadas, valiosas, cuidadas, queridas, que éramos suficiente... Y también necesitábamos que esto sucediera de forma consistente, a través del tiempo y de las situaciones, independientemente del estado de ánimo de nuestros pa/madres. Todo un reto porque nuestros pa/madres no eran/son robots, ¿verdad? Además, es posible que su educación jugase en nuestra contra.


Y, como podemos ver, lo anterior tiene mucho que ver con la capacidad de nuestras/os pa/madres de identificar nuestras necesidades, de ser sensibles a ellas, de aceptarlas, de otorgarles la importancia que merecen, de estar en sintonía y de atenderlas.


Atención: Este post no trata de situaciones de maltrato en las que, sin atisbo de duda, tenemos una parte herida salvo que hayamos hecho un proceso de reelaboración, integración y sanación.


Este post habla de pa/madres bien intencionados que no supieron ser sensibles a nuestras necesidades y que, como consecuencia, no supieron proporcionarnos lo que necesitábamos. O pa/madres que pasaban por un mal momento emocional, una crisis de pareja, un bache financiero o que llevaban una gran mochila de traumas a cuestas. O pa/madres cuyas obligaciones laborales limitaban sus recursos mentales. O pa/madres que, reflejando sus creencias sobre educación, en un intento de hacernos personas adultas fuertes, en realidad, nos desatendieran.


Y es precisamente este punto a partir del cual estas dos realidades pueden coexistir: que hayamos tenido una infancia feliz y que, a la vez, experimentemos heridas emocionales.


Este post tampoco pretende demonizar la conducta de nuestros pa/madres sino validar aquello que vivimos; pues es a partir de la validación de nuestra experiencia interna que podemos empezar a sanar.


¿Por qué? Porque hasta ahora quizá hayamos escuchado que éramos difíciles, que se nos tenía que castigar a menudo, que necesitábamos de mucha atención, que lo hicieron lo mejor posible en nombre de la educación, incluso que lo hicieron por nuestro bien. Seguramente así sea, aunque entre estos discursos es también posible que se cuele algún intento de no responsabilizarse y de no conectar con el dolor. Sea como fuere, raramente se habrá visibilizado nuestra realidad interna: nuestras necesidades y cómo lo vivimos.


Ahora podemos escuchar a aquella niña que fuimos, tratar de entenderla con curiosidad y mirándola con compasión, abriéndonos a la posibilidad de que nuestra infancia no fuese siempre tan feliz como creíamos, o que fuese feliz pero que, a la vez, esta se acompañase de carencias y heridas no reparadas con la única finalidad de validar aquello que vivimos, con el objetivo de integrar también aquella parte de nuestra realidad emocional.

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