• Montse

Vemos lo que queremos ver

A diario tomamos decisiones. Muchas. Tantas, que casi todas las acciones que llevamos a cabo están ancladas en una decisión. Esto sucede gracias a que solamente somos conscientes de una parte de ellas. El resto nos pasan desapercibidas con el único objetivo de hacer nuestra vida más ágil.


Lo que a priori se presenta como una ventaja cognitiva, tiene sus consecuencias. Y es que ¿cómo decide nuestro cerebro qué decisiones tomar de forma consciente, y cuáles dejarlas para el inconsciente? En algunas ocasiones nuestra mente se pone al servicio de nuestro deseo y toma decisiones utilizando el siguiente criterio: estabilidad emocional.


Es genial, ¿qué problema hay con ello?, pensaréis.


Y es así, si nos quedamos en la superficie. Si no vamos más allá y no hurgamos en lo que nos duele. Pero al hacerlo, nos olvidamos que la alternativa más fácil no siempre es la que más nos ayuda, aunque sea la mejor candidata desde una perspectiva hedonista.


Hacerlo no está mal. Definitivamente no. Siempre y cuando estemos preparados para responsabilizarnos de las consecuencias.


Es aquí donde entramos en conflicto: cuando la alternativa adecuada nos genera un malestar en el presente; y la alternativa que se presenta como más cómoda, más fácil, no nos acerca a nuestros objetivos - al contrario -.


Y es aquí, queridos lectores, donde nos encontramos en la siguiente tesitura: ¿salgo de mi zona de confort o me quedo en ella?


Así pues, podríamos decir que hay una serie de decisiones que, si pasan al terreno de lo consciente nos pueden "desmontar el chiringuito". Tal cual.


Es posible que de ponerse sobre la mesa nos veamos obligados a tomar acciones que se traduzcan en cambios que no siempre estamos dispuestos a hacer, o para los que quizás no estemos preparados. Y eso nos incomoda. Tanto, que nuestra mente decide dejarlos de lado. No verlos.



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