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Relato de una ruptura (II): contando días

Actualizado: 18 nov 2023

Me desperté al día siguiente en el sofá, con un dolor de espalda terrible. Al ver los primeros rayos de sol entrar por la ventana pensé: “primer día de mi nueva vida superado”. Me sentí satisfecha por unos instantes. ¿Era una forma de animarme o una sutil manera de recordarme mi compromiso de no volver con él?


Ni yo misma sabía si era capaz de mantenerlo, en realidad. Me había demostrado demasiadas veces que mi palabra poco valía. El abandono, la soledad y el adictivo enganche que nos unía me traicionaban. Y volví a lo mismo. Una y otra vez.


Debo ser justa conmigo misma, así que añadiré que Álvaro no me lo ponía fácil. Siempre se las ingeniaba para haver acto dr presencia. Un “ni contigo ni sin ti” en toda regla. Y vivirlo en mis propias carnes me había consumido. Demasiado. Y durante demasiado tiempo.


Pero, sea como fuere, en aquello que me decía había una verdad irrefutable: había superado un primer día y solo deseaba que esta vez fuese la definitiva.


En mí se mezclaban pensamientos esperanzadores: "esta vez lo conseguirás", me decía. Junto con otros que sacaban a la superficie esa parte que, con razones muy fundadas, dudaba de mí “no es la primera vez que lo intentas; no cantes victoria”. Y con mis pensamientos convivían comentarios de todo tipo. Desde el “ya era hora” de Carmen, al “deberías haberle dejado hace mucho” de Magda,  al “salimos una noche, te lías con un tío y se te pasa todo” de Vero, o el “tranquila, date tiempo” de Marina y el “a mí todavía me duele la ruptura, pero no del mismo modo; con el tiempo, las emociones pierden intensidad” de Ali.


Dentro de mí coexistían todos esos mensajes. Y varias versiones de mi persona que tomaban relevo dependiendo del día, según cada momento, jugando con mi estado de ánimo como si de un juego de malabares se tratase.


Una parte quería dejar de sentirse así, otra estaba aprendiendo a aceptar que era lo que tocaba, otra todavía buscaba explicaciones como si estas fuesen a calmarme el dolor, otra se sentía abandonada y desesperanzada, otra se criticaba por sentirse así y otra se quería mantener optimista, mirando al futuro.


Y así pasaron los días, entre lágrimas, mensajes contradictorios y sentimientos contrapuestos que a veces ni yo misma entendía.


“Ha llegado el momento de tomar acción”, me dije.


“Hoy voy a bloquearle de redes y de WhatsApp”, escribí en el chat de amigas. Sabía que tener un compromiso con ellas me ayudaría a tomármelo más en serio. Aunque, a decir verdad, no sería la primera vez que las mentía: estaban hartas de mi historia con Álvaro, de darme consejos y de que no les hiciera caso.


“Pero esta vez es la definitiva”, me recordaba a mí misma. Y joder, ¡cómo dolía pensarlo! Precisamente por eso: porque en las anteriores rupturas había una parte de mí que sabía que lo nuestro tendría una continuación; una segunda, tercera, cuarta y enésima parte.


Perdí la cuenta de las veces que habíamos roto y vuelto. Aunque jamás era una vuelta como yo esperaba porque jamás estábamos juntos. Pero esta vez era distinta. No aguantaba más. Me dolía demasiado. Tanto, que llegué a creerme eso de que dejarlo dolería menos a la larga, que quedarme ahí donde me estaba consumiendo.


Así que lo hice. No dejé pasar ni un minuto. Sabía que si dejaba pasar el tiempo me echaría para atrás, como tantas veces me había sucedido desde que lo dejamos, en las anteriores rupturas. Esta vez iba en serio. Muy en serio. Precisamente por eso dolía tanto.

Las lágrimas me salían a borbotones. Y, a pesar de que casi no veía nada, logré encontrar el mensaje que tenía escrito desde hacía meses y el que esperaba no tener que haber usado jamás.


“Álvaro, te escribo para decirte que voy a bloquearte por aquí y por redes. Es lo que necesito para avanzar. Espero que puedas entenderlo. Deseo que todo te vaya bien. Cuídate.”


Enviar.


Ya estaba hecho.


Bueno, no. Ahora faltaba cumplir con mi palabra: bloquearlo y borrar su contacto.


Tuve la tentación de esperar a tener respuesta, pero recordé las palabras de Marina: “le mandas el mensaje y lo bloqueas; que sino, ya sabes lo que pasa”.


Lo sabía muy bien. Álvaro tenía la magnífica capacidad de convencerme para seguir en contacto: “Podemos ser amigos y hablar de vez en cuando. Me gustaría saber cómo te va, qué tal estás…”. Palabras inofensivas y aparentemente cargadas de melancolía por lo que fuimos o por lo que nunca llegamos a ser, y de buenas intenciones que escondían, en realidad, un tenerme disponible siempre que quisiera.


Conecté con la rabia. Me gustaba sentir rabia. Me sentía poderosa. ¿Debía preocuparme? “Lo pensaré más tarde”.


Ejecuté mi decisión. “Bloqueado y borrado”, envié el mensaje en el chat de amigas.


Pasaron los días. La tristeza seguía acompañándome. Y la tentación de volver a estar en contacto con Álvaro también. Al fin y al cabo, estaba a un par de clics de él. Ya lo había hecho en anteriores ocasiones: desbloquear es fácil. Lo que no lo es tanto es sostener lo que viene después de arrepentirte por hacerlo; después de ver que hiciera lo que hiciera, de él no obtendría lo que buscaba.


Esta vez mi dignidad y mi autorrespeto se interponían en el camino. También mi firme compromiso conmigo misma y con mis amigas a quienes, como si de una adicta se tratase, les mandaba cada día un mensaje “2 días sin él”, “cuarto día superado”, “primera semana superada”, “ya van 21 días”.


Lo que no les decía era que cada día sentía tentaciones de escribirle y cada día tenía que luchar contra una fuerza casi sobrenatural que me llevaba, de nuevo, hasta él.


¿¡Cómo era posible que algo tan poderoso naciese en mí?! ¿Por qué dolía tanto, si no llegamos a tener nada? No comprendía y tampoco me gustaba lo que sentía. Me sentía ridícula compartiéndolo y no quería que me sermoneasen, ni que me repitiesen lo que yo ya sabía. Solo quería que los días pasasen y que esa tristeza y ese enganche perdieran intensidad.


La desesperanza empezaba a invadirme. Llevaba dos meses sin Álvaro en mi vida y aunque me recordaba “ten paciencia”, soportar el dolor me pesaba. Llevaba demasiado tiempo así.


“Pero es que hemos roto en tantas ocasiones… ¿No debería llevarlo mejor?”, le preguntaba a Ali esperando una respuesta a la que yo no misma no era capaz de explicar.


“Es la primera vez que te muestras tan firme. Es la primera vez que te permites imaginarte un futuro sin Álvaro”, me respondía.


La sabiduría de mi hermana pequeña me sorprendía. La ruptura me había unido más a ella. ¿Será verdad eso que dicen que la vida, cuando te quita a una persona, te regala a otra? No sé cómo lo hacía, pero siempre me ayudaba a reubicarme. Siempre tenía una respuesta que, aunque no gustaba, me reconfortaba.


Ella me entendía. Hacía dos años que había roto con su pareja, “el novio de toda la vida”. Sabía por lo que estaba pasando y me lo demostraba. “Ten paciencia, todo pasa”, me decía y me repetía yo misma a modo de mantra deseando que cuanto más lo repitiese, más calase el mensaje.


En realidad, ya había sido un poco así: ya no me acostaba llorando, ya no me pesaba tanto la tristeza. Había recuperado algunas rutinas y me gustaban un poco más mis días. Me sentía mejor. Menos triste, menos dependiente, menos enfocada en el pasado y en el. No estaba bien, todavía. Pero sí mejor. Y, aunque el dolor seguía acompañándome en mis días, mirar atrás y darme cuenta de los pequeños avances se sentía como un soplo de aire fresco.




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