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  • Foto del escritorMontse

Relato de una no-relación (I): Eso lo hacen las parejas

Actualizado: 4 dic 2023

Paseábamos por la calle principal bajo las luces de Navidad recién inauguradas. Este año el ayuntamiento había tenido la brillante de idea de poner un hilo musical. Supongo que quería fomentar el consumismo, pero a mí me encantaba la idea: era como estar en una de esas comedias románticas de los sábados por la tarde.


Acabábamos de tomarnos un chocolate caliente. Caminábamos a ratos cogidos de la mano, a ratos medio abrazados. Sonreíamos, hablábamos distendidamente, hacíamos bromas. ¡Qué conectados estábamos! Lo notaba. Lo que sentíamos el uno por el otro era innegable. Pasábamos por uno de los mejores momentos de nuestra relación. Cada vez le sentía más cerca. Cada vez estaba más segura de lo nuestro.


― ¿Vendrás a comer a casa por Navidad? ―pregunté sin pensarlo mucho.


No sé si fueron las luces, el ambiente navideño que se respiraba, la sobredosis de azúcar que llevaba en el cuerpo o Mariah Carey sonando de fondo. Pero lo solté. Y de inmediato me arrepentí.


― ¿Cómo a casa?, ¿con tus padres? ―Diego parecía sorprendido.


―Sí, con mis padres, mi hermano, mi cuñada y los niños. Quizá también vengan mis primos, aún está por confirmar.


Se hizo un silencio incómodo que interrumpí enseguida como queriendo enmendar mi error:


―Tienen muchas ganas de conocerte ―intenté transmitirle entusiasmo con una sonrisa de oreja a oreja, como si mi ilusión fuera a cambiar el curso de los acontecimientos. ¡Qué ingenua era! No sé en qué momento me había parecido buena idea, pero se lo dije.


―Espera un momento ―Diego se detuvo, me soltó la mano y me lanzó una mirada de esas que son difíciles de interpretar―. ¿Les has hablado de mí?


Quise decirle que sí, que claro, que cómo no les iba a hablar de él y de lo nuestro. Pero decidí moderar mi respuesta:


―Sí, les he hablado de ti ―respondí tratando de restarle importancia con un tono menos entusiasta― pero solo en alguna ocasión― añadí con la esperanza de no parecer demasiado ilusionada para su gusto.


―¿Y quieren que vaya para Navidad? ―preguntó incómodamente sorprendido. Mi intento de restarle importancia había fracasado.


Asentí con la cabeza.


―No sé, Mónica. Se me hace un poco raro.


―¿Raro? ― fingí no entenderlo.


―Eso es lo que hacen las parejas ―aunque diría que no era su intención, sonó bastante a la defensiva. Dejó una pausa antes de ponerle la guinda al pastel: ―Y nosotros no somos pareja ―dejó otra pausa: quizá pensaba que así me resultaría más fácil lidiar con los jarros de agua fría que acababa de tirarme por encima con sus palabras en plena tarde de diciembre. ―Lo entiendes, ¿verdad? ―el tono condescendiente me terminó de derrumbar.


No, no éramos pareja. Claro que lo entendía. Lo sabía de sobras: él mismo se encargaba de dejármelo claro cada vez que percibía en mí un atisbo de duda, ilusión o entusiasmo. Pero llevábamos más de un año conociéndonos. ¡Más de un año! Casi tanto como mi relación más formal. ¿Acaso eso no contaba?


Mi decepción se disfrazó de enfado e indignación. Sabía lo que éramos o, mejor dicho, lo que no éramos, pero es que estábamos tan bien que pensé que…


  ―¿Mónica? ―verbalizó levantando las cejas, como esperando confirmación de que entendía lo que no quería entender ― Lo comprendes, ¿verdad? Estamos de acuerdo con esto, ¿no?


De mi boca no salió un «sí». Creo que fue un acto de rebeldía. No quería aceptarlo. Me negaba a que lo nuestro no avanzase. No ahora que nos sentía tan conectados. Pero, a la vez, me sentía atrapada: no sabía si quería que lo nuestro terminase aquí. No sabía si quería tomar una decisión tan definitiva después de todo lo que había luchado. Así que decidí salir del paso bajando los párpados y moviendo la cabeza, asintiendo.


Diría que Diego tuvo que adivinar que eso era un «sí». Él quería que lo fuera, así que le bastaba para seguir adelante con aquello que teníamos.


Y se hizo el silencio. No quedaba rastro de esa alegría, de esa ilusión que había sentido hacía tan solo dos minutos . De repente, la música navideña me empezó a sobrar y la alegría de la gente me generaba rechazo. Los ojos se me humedecieron, pero me aseguré de que él no lo notase. Para mí la tarde terminó en aquel momento. Y algo dentro de mí se rompió.





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