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  • Foto del escritorMontse

Cuanto más te necesito, más te alejas VS cuanto más te acercas, más me alejo

Actualizado: 5 mar

A: «Cuánto más te necesito, más te alejas».

B: «Cuánto más me alejo, más me reclamas».


¿Con qué te identificas más, con A o con B? ¿Y a tu pareja, en qué opción la ves más reflejada?


Cuando éramos bebés completamente dependientes de nuestros cuidadores, el vínculo afectivo que establecimos con ellos llamado apego, era nuestra fuente de seguridad: nos permitía sobrevivir y nos hacía sentir a salvo, seguros y, por lo tanto, en calma.


En nuestra infancia había situaciones que nos hacían sentir inseguros: recordemos que estábamos aprendiendo sobre la vida y todo era nuevo para nosotros. Teníamos todo un mundo por descubrir, también en lo emocional. Y también emociones a las que aprender a regular.


Como fruto de estas experiencias y buscando sobrevivir en el más estricto sentido de la palabra, y también en lo emocional (mantenernos regulados y en calma) que aprendimos diferentes estrategias para recuperar nuestra seguridad, para volver a sentirnos seguros de la mano de nuestros cuidadores.


A modo de ensayo y error, fuimos perfeccionando la técnica en base a qué tan efectivas eran nuestras primeras formas de protesta. Sin embargo, es posible que nuestros intentos de restablecer la conexión y, con ella, la seguridad y la calma, no fuesen fructíferos pues no solo dependían de nuestras acciones, sino también, ¡atención, esto es importante! de la disponibilidad física y emocional de nuestros cuidadores. Y, también, de su sensibilidad respecto a nuestras necesidades y de su capacidad de autoregularse para estar como necesitábamos que estuviesen.


Así pues, es posible que intentásemos restablecer la conexión, reparar el vínculo y restaurar la seguridad pero que solo lo consiguiésemos a veces. ¿Cuándo? Si nuestros cuidadores exhibían una actitud ambivalente, nos resultaba imposible establecer patrones que nos permitiesen predecir cuándo sí y cuándo no podíamos contar con ellos.


Pero también es posible que nuestros cuidadores sí fuesen predecibles pero no nos proporcionasen seguridad: o no estaban, o estaban pero no emocionalmente presentes, o no estaban disponibles para nosotros (había otros problemas a los que atender), o no sabían validar nuestras emociones y atender a nuestras necesidades.


En el primer caso aprendimos que el vínculo es inestable y que la conexión viene y va. Y que no podemos contar con ella. En el segundo caso aprendimos que no podemos contar con nadie que nos ayude a regularnos.


Evidentemente, lo estoy resumiendo muy mucho. Nuestro estilo de vinculación y nuestra tendencia de apego es algo muy complejo (y, por cierto, no es la única variable a tener en cuenta, por supuesto, también está el contexto, los vínculos en los que nos encontremos, las experiencias reparadoras a las que tengamos acceso, nuestra personalidad).


Si quieres leer más sobre ello, cómo se traduce en términos de vinculación en la edad adulta, qué impacto tiene en nuestros vínculos según el estilo de nuestra pareja, qué necesitamos según nuestra tendencia de apego, explorar nuestros disparadores emocionales e identificar nuevas formas de recuperar la seguridad (nuestras formas de protesta), encontrarás todo esto y más en mi nuevo libro Amor sano, amor del bueno haz clic aquí para saber más.


Como decía, es un tema muy complejo, pero resumiéndolo: el tipo de apego que hayamos desarrollado durante la infancia viene en parte determinado por la relación que establecimos con nuestros cuidadores en base a su sensibilidad a nuestras necesidades, a su disponibilidad y a su capacidad para honrarlas. Y de lo anterior se derivarán nuestras tendencias de apego o, en otras palabras, en qué situaciones experimentemos inseguridad y cómo aprendamos a ponernos a salvo y a sentirnos seguros también en la edad adulta.


Esto nos explica por qué, en ocasiones, sentimos la necesidad imperiosa de llevar a cabo acciones que, con distancia, identificamos como poco sanas o constructivas. Especialmente en las relaciones de pareja, que es uno de los vínculos en los que nos sentimos especialmente vulnerables... o emocionalmente expuesto.


Y digo lo anterior porque, aunque tengan como objetivo ponernos a salvo de nuevo, que recuperemos la seguridad y, así, disminuir nuestro malestar y volver a experimentar calma, no siempre es así, sobre todo a medio plazo.


De hecho, las acciones de una parte y las acciones de la otra parte en respuesta a las de la primera pueden resultar en dinámicas poco sanas que dañan el vínculo y causan mella en el bienestar de las personas implicadas. Algo así como: «lo que tú necesitas para recuperar la seguridad, a mí me la quita».


Y es justamente lo que sucede cuando nuestro apego es inseguro: ya sea ansioso o evitativo. Voy a resumirlo en las siguientes líneas:


Si nuestro tipo de apego es de tendencia ansiosa, buscaremos que nuestra pareja nos recuerde que nos quiere, que está ahí para nosotros; buscaremos la cercanía, no siempre de la mejor manera, pero lo haremos con tal de volver a recuperar la seguridad y, con ella, la calma.


Si nuestro tipo de apego es de tendencia evitativa, en cambio, confiaremos más bien poco en la capacidad de nuestra pareja para poder ayudarnos a regularnos emocionalmente, así que buscaremos la seguridad en la distancia, alejándonos de nuestra pareja, no siempre de la mejor manera.


Puede que lo anterior te resuene, y que venga acompañado de emociones incómodas como la culpa. Yo soy de pensar que lo hacemos lo mejor que podemos con lo que tenemos. Ahora tienes más conocimientos o, cuanto menos, seguramente hayas alcanzado mayor claridad, ¡estupendo!


¿Qué puedes hacer ahora?


- Explorar cómo te vinculas y desde dónde

- Identificar tus necesidades emocionales dentro del vínculo y qué haces para tratar de satisfacerlas; también, identificar la urgencia de las mismas

- Explorar tus disparadores emocionales e identificar qué necesitas para recuperar tu seguridad

- Aprender a regular tus emociones a través de herramientas sanas para nuestra persona y para el vínculo

- Trabajar en la regulación mutua dentro del vínculo: trabajo en torno a la seguridad, responsabilidad afectiva y toma de conciencia del impacto que nuestras respuestas tienen en nuestra pareja, y vice versa


Importante: por mucho que nos trabajemos, quizá el malestar y la incomodidad siguen estando presentes; y así será si el vínculo no es seguro. Así que será importante revisar en qué medida podemos mutuamente ofrecernos seguridad, ambas partes. Y, por supuesto, la parte más dolorosa: tomar decisiones al respecto, en la dirección que nuestro bienestar necesite, para cuidarnos.


Si tu situación te genera malestar y sientes que no cuentas con las herramientas para gestionarla, no dudes en buscar ayuda profesional especializada en el ámbito de las relaciones. Si deseas que seamos nosotras quienes te acompañemos en el proceso, estaremos encantadas de hacerlo. Puedes conocernos aquí y contactarnos desde el formulario de contacto.

Si quieres saber más sobre construir relaciones sanas y seguras, echa un vistazo a mi nuevo libro Amor sano, amor del bueno, disponible en tu librería de confianza, Amazon, Casa del libro, FNAC, El Corte Ingles, etc.



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